La piba del subte – Capítulo V

11 de junio – 2010

Buenos días lectores, a ésta altura ya deben de imaginar cómo corría la sangre por mis venas cada vez que iba a estudiar. El latir de mi corazón hacía eco entre mi sien, garganta y muñecas, cada extremo de mi ser estaba expectante…

Era una mezcla de éxtasis y desconcierto, un mambo nuevo, una colina por descubrir siendo un aventurero sin miedos… Sólo había que moverse.

Arranqué el día en la facultad sin poder cruzarla siquiera.

Ya era media mañana, tenía la cursada finalizada y vi a la rubia que trabajaba en el bar. Me llevaba varios años y era extremadamente bonita, tenía una sonrisa ganadora que podría enamorar a quien quisiera…

Bueno, casi a cualquiera, los que teníamos el corazón deambulante y en espera de alguien más pudimos ser inmunes a sus encantos, no sin algún sobreesfuerzo.

Nos llevábamos bien, hablábamos mucho y más de una vez nos reímos de algún chistecito boludo que le contaba para hacer las mañanas más divertidas.

La rubia se acercó a la mesa donde estaba sentado, me llamo por mi nombre de pila y, luego de un breve y cariñoso saludo, me pidió ayuda:

– “¿Me podrías ayudar con las cajas que me trajo el proveedor? Son muy pesadas y sola no puedo.”

Obviamente le dije “Si, no hay problema. Decime ¿Dónde las dejo?”

Con un leve movimiento de su dedo índice señaló una esquina bajo la barra del bar que no quedaría a una distancia más grande que unos veinticinco pasos cortos para luego regalarme una gran sonrisa.

Me incliné sobre las cajas, eran cuatro y no precisamente pequeñas. Al levantarlas entendí que me vendría muy bien pesar unos diez kilos más, ya que desde el inicio un simple favor se transformaba en hazaña.

A unos breves pasos para la meta, uno de mis compañeros, el cual estaba al tanto de mi novelesco amor, me dice sin medir el tono de su voz: “¡Ey boludo! Ahí está Lucila, ¿qué haces con esas cajas gil? ¡Vení ya!

No alcance a girar por completo que la tuve frente a mis ojos.

Ahí estaba por fin, la piba del subte, la mujer anónima que pasó a tener un nombre.

Ahí estaba Lucila.

– “Hola Lu.” Alcancé a decir con los ojos brillantes, era la única parte de mi rostro visible. Las cajas tapaban el resto de mi cuerpo y vergüenza.

– “Hola, ¿nos conocemos?” dijo entre atónita y desinteresada.

– “No, me presento. Me llamo…” no terminó de escuchar mi nombre que empezó a darse vuelta para irse, no sin antes decir: “Disculpame pero no te conozco, me tengo que ir, chau.

¿Tanto planear para esto?

¿De verdad, así vas a actuar?

Atiné a dejar las cajas en el piso lo antes posible y volver a encarar, ahora con rostro completo, sonrisa incluida y una mirada entre nerviosa y feliz.

Lu, tengo una historia que contarte, sólo pido que la escuches. Andá nomás, pero te voy a escribir. Sólo te pido que te tomes el tiempo para leerlo”.

(Todo un NAIF.)

(Cagué mi chance.)

¿Ahora volvería a redactar con tanta pasión sobre el único tiro de flecha posible? No, no lo haría porque me daba vergüenza cómo reaccioné.

Pero cuando, ella, estaba por cruzar la puerta de entrada de la facultad pude ver una sonrisa, muy leve, un tanto tímida, y para mi muy sexy, en su rostro.

Pibe, tal vez no quedaste tan mal. Seguí, ya no hay nada que perder, pero si un importante partido por jugar.

Llegué a casa y decidí de una vez por todas agregarla a la clamada red social, la cual ya había estudiado y tenía algún rastro humano y real mío en mi perfil.

Pasó un buen rato y no había rastros de que me aceptara, nunca manejé bien la ansiedad así que me fijé en su información de perfil.

Aparecía un Hotmail de contacto.

Ya estás jugado, agregarla ahí es más fácil para que te acepte, o no…

Como mucho va a pensar que sos un verde, pero, aunque sea no vas a soñar con ella y despertarte molesto por no hacer nada.

Diez minutos…

Quince minutos…

Me moví lentamente esperando ver algún cambio en la pantalla de mi computadora y fui a hacerme unos mates mientras encendía uno de esos tantos cigarros justificados por el estrés de cualquier cotidianeidad.

Veinticinco minutos…

(No creo que se quede con la duda…)

Treinta y cinco minutos…

(Tal vez no le interesa hablar o es un mal día, o…)

Miré la pantalla y ahí lo vi:

Lucila ha aceptado tu solicitud de amistad”.

Sentí como se agudizaban mis sentidos, me senté y comencé.

– “Hola Lu otra vez, ¿cómo estás? Soy el pibe que te saludó con las cajas en la mano. Ahí en el bar de la facultad”.

– “Hola”, respondió la belleza. “Esto es muy raro, ¿qué querías decirme?”

– “Lo que te voy a contar va a sonar como toda una locura, sólo te pido que me prestes atención. Voy a intentar ser muy breve y específico.

(Claramente no fui para nada breve.)

En algunos minutos de redacción le comenté que desde el día que la vi en el kiosco del subte no podía dejar de pensar en ella, me abrí. Le conté todo, no sin antes aclarar que no era un degenerado ni que la perseguía por la vida.

Lu, simplemente te quiero conocer, no sé nada de vos más que tú nombre, que te gusta viajar cantando y que tenés una sonrisa hermosa que me dejó rebotando entre los rieles de la línea B y el cableado del subte.

Los breves bocadillos que ella metía en la conversación daban indicios a que sí, estaba soltera (No podes más de la felicidad pibe), que no te había registrado ni en el subte ni en la facultad nunca (hoy 2017 sigo desconfiando de esa frase) y que si, quería ir a comer algo conmigo.

En ese momento sentí que todo se daba como debía de ser.

Pasé de ser un escéptico a creer en el destino, en el amor a primera vista y en tomar decisiones para conseguir lo anhelado.

Esa noche dormiría sabiendo que la próxima vez que la pudiese ver, sería comiendo frente a mí…

Ésa simple conversación entre Lu y quien les escribe me relajó tanto que esa noche logré dormir muy tranquilo y feliz luego de un mes de no poder lograrlo…

Sólo quedaba vernos a los ojos y que el tiempo juegue sus cartas…

 

Wasp.

 


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2 comentarios en “La piba del subte – Capítulo V

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