Momentos Oscuros de Substancias – La Bestia

Una gota de frío sudor recorrió su espalda hasta caer al suelo, pasó fuertemente su mano derecha por sus cejas húmedas y pensó que no había porqué preocuparse.

Tic, tac, tic, tac…

Los segundos golpeaban su sien, dejando tal vacío al descubierto que el eco se apoderaba del lugar sin piedad.

Toc, toc, toc…

Alguna vez pudo enfrentar el tiempo y derrotarlo con indiferencia, pero ésas épocas habían quedado en el olvido.

Tic, tac, tic, tac…

Sintió pasos sobre su cabeza y su entorno se ensombreció, se quedó quieto, casi sin respirar esperando una no reiteración y así bajar el ritmo del redoblante que estallaba en su sién.

TOC, TOC, TOC!

Con paso lento pero decidido subió uno a uno los escalones que lo distanciaban de sus temores.

Al llegar al penúltimo escalón frenó su marcha y decidió volver a escuchar atentamente, algo caminaba detrás suyo, abajo, sólo unos escalones abajo suyo.

Con la poca valentía que le quedaba dió un brusco giro para atacar a quien estuviese detrás suyo pero no pudo ver nada, los latidos aumentaban al mismo tiempo que su presión disminuía.

Los dos últimos escalones los subió de un salto y se quedó mirando la oscuridad del piso superior, no podía ver bien entre tantas sombras.

Acercó su cabeza poco a poco al marco de la entrada, creyó ver algo moverse pero entendió que fue una sombra reflejada de otro edificio.

Un paso más.

Estiró su brazo derecho y encendió la luz para descubrir que estaba más solo que antes, nada allí tenía vida propia, nadie que se queje, nadie que ataque, nadie a quien atacar.

Apagó la luz y vió que algo en esa habitación cambiaba de forma, frente a sus ojos se estaba formando una pared negra que le tapaba la visión hacia dentro.

Apagó y prendió tantas veces la luz como fue necesario hasta entender que sí había algo, una sombra dividía los ambientes, quieta, esperando y en silencio.

Sintió como una contractura subía desde sus talones hasta su médula espinal.

Atravesó la pared y sintió como si la cabeza la pesase el doble, la retiró y volvió a sentirse un tanto más normal.

Dando unos pasos hacía atrás encendió un cigarrillo y se quedó observando, esperando cual carnívoro a su presa aunque nada se inmutaba, sólo estaban él, la sombra y su cigarro tembloroso.

Su mano derecha cacheteó su rostro como un grito de ayuda, como un despertar, como un cambiar. Las cenizas del cigarro aplastado contra su cachete se esparcieron frente a la sombra y apagaron, mientras el aire comenzaba a espesar.

De un salto se metió en la oscuridad y cerró sus ojos, temblando, sudando, con los sentidos rasgando cada poro de su piel, quiso escuchar.

Allí estaba ella, la bestia respirando en su oreja izquierda, acariciando la parte inferior de su nuca, oliéndolo, acechándolo.

Mientras que sentía como algo lo rodeaba, su cuerpo fue petrificándose hasta quedar inmóvil. Sintió como sus sucias garras lo envolvían y abrazaban, pero sin lastimarlo, no lo apretaba, es más parecía una especie de consuelo.

Hizo que abra los ojos y la viese de frente, en ése mismo instante entendió que ella no lo iba a dejar libre tan fácilmente.

Sólo fueron necesarios siete segundos de verla para que las garras ingresen en su piel, y sus pupilas se unieran generando un nuevo ser.

El miedo comenzó a ser opacado al bajar sus latidos casi a cero, casi sin hacer ruido.

Mareado y con ganas de vomitar comenzó a escuchar los nuevos susurros que lo atormentarían hoy y tanto tiempo después:

“Tranquilo ya no estás solo. Acá estoy somos uno, nunca más vas a verte al espejo y verte abandonado, desde ahora al mirarlo nos verás a ambos, te voy a cuidar, pero cuidado, tememe puedo lastimarte mucho si haces algo que no me guste”.

“Vení sentate, escucha música, distraete. Dejá de pensar en arriba o abajo, ya estoy acá con vos, no hay nada que buscar, te encontré”

Las frases garuaban en su interior mientras su cuerpo rígido caía al suelo.

Se tiró al piso y tapó tan fuerte sus oídos que casi se los hace sangrar, entre temblores y terror marcó un número de teléfono, entendía que esa cosa lo escuchaba y su paranoia masiva hicieron que la conversación fuese en código.

“Hola, te necesito” dijo él al escuchar esa voz femenina que tanto necesitaba.

“¿Hola qué pasó? ¿Estás bien?”

(Cortá flaco, no la necesitas, me tenés a mí y cuando no me encuentres buscame, siempre voy a estar para elevarte, sacarte de la mugre de tu rutina y hacerte reír. Corta!)

“Hola negrita, necesito una mano, algo malo está pasando. Te necesito.”

Del otro lado del teléfono se escuchaba a una mujer asustada que sin dudar dijo: “Esperame tranquilo, llego en veinte minutos.”

Dejó el telefóno en el piso y quedó doblado esperando la ayuda.

(¿Para qué hiciste eso? ¿Qué fue lo que te dije? Siempre y cuando no me molestes no te haría nada, pero el juego lo empezaste vos, vamos a ver que tantas fichas tenes para jugar.)

Los veinte minutos fueron horas entre las voces y el suelo frío, hasta que una llamada a su teléfono lo alejó del trance, era ella.

Cuando abrió la puerta se encontró con unos bellos ojos marrones que brillaban dejando entrever una mezcla de satisfacción por haber llegado y preocupación ante el rostro demacrado de quién le permitía el ingreso a su casa.

Tanto sus ojos como su piel tatuada lo abrazaron dándole una suave y dulce dosis de humanidad a su entorno que cada vez era más turbio.

La joven lo dejó sentado en una silla y comenzó a abrir las persianas del domicilio dejando entrar luz y aire puro, de vez en cuando lo miraba de reojo esperando que no se desmaye o muera de pánico.

Cuando pudo recuperar un poco de su orgullo destruído comenzó a contarle sobre la sombra que estaba en el marco de arriba, aunque claramente ella no podría verla ya que estaba dentro suyo, cosa que no quiso decirle para no asustarla y así no quedar como un desvariado más.

(Cuando ella se vaya vamos a tener una larga noche a solas, voy a esperar.)

La voz fue perdiendo fuerza mientras que la de ella infundía una confianza en sí mismo que lo hizo sentirse mejor.

Entre abrazos y conversaciones el aire fue volviendo a su olor y espesor habitual.

Las horas de compañía y el calor que le dió a su pecho calmaron la bestia dentro suyo.

El humo de un porro y la música invadieron el lugar que junto a la música relajaron sus músculos que hacía no más de una hora crujían por doquier.

Sonrió para sus adentros estando feliz de haberla llamado a ella y no a otra persona.

Cuando todo pasó y se quedó solo se acostó para dormir, sólo oía su propia respiración hasta que un susurro hizo que sus pupilas se esparcieran por sus ojos:

(Dormí que acá sigo esperando, dormí, tal vez la próxima no llegues a llamar a nadie.)

Con mucho cariño para Cam.

Wasp.


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