Momentos Oscuros de Substancias – Destinos Cruzados

Caminaron las cuadras suficientes en zigzag como para saber que nadie los seguía.

El Negro era el encargado de llevar el bolso negro que haría que su economía mejore por un largo tiempo.

El misterioso botín no era más ni menos que dos kilos de cocaína pura sin cortar, debían de llevarlos hasta la parte más profunda de Villa Lugano y ver a Don Carlos. Éste tenía que probar la calidad y cerrar una venta que les dejaría no menos de $150.000 pesos a cada uno.

A la izquierda de El Negro estaba El Mudo, fiel compañero de rutas, andanzas, maldades y risas. Él era el encargado de cuidar de la seguridad de ambos. Llevaba una 9 mm en la cintura derecha y una 22 en la izquierda, los ojos bien abiertos y la sangre helada para que si pasase algo el no se de el espacio a pensar, sino sólo actuar.

Laura gritaba y gemía de dolor.

Hace pocas horas el sol apareció para recordarle a su padrastro que debía satisfacer sus necesidades otra vez.

Jony aprovechaba cada vez que Cristina, la madre de Laura, quedaba internada a causa de sus golpes para desatar toda su virilidad y violencia contra el maltratado cuerpo de una niña de sólo nueve años.

La golpeó contra la pared y Laura se desmayó, ya no tenía energías para gritar, nadie vendría a ayudarla.

En el país del “no me meto” las víctimas se multiplican en miles de voces desahuciadas, en ecos que nadie quiere oír, hasta que el aire decide no ingresar más en sus pulmones y por fin darles un descanso.

Jony se subió los pantalones, miró a Laura y se dijo que después volvería.

Agarró algo de plata de Cristina y salió a buscar unas bolsas de merca.

El Negro y El Mudo tocaron la puerta firmemente, no había nada en sus pupilas que demuestren un atisbo de miedo o inseguridad.

La puerta se abrió para que una sombra de casi dos metros los palpase.

“¿Qué es esto?” dijo La Sombra a El Mudo mientras le sacaba las armas suavemente de la cintura.

Son mi seguridad, guardalas si querés flaquito, yo vengo a ver a Don Carlos no a vos“, confiaba en la faca que tenía escondida en el pantalón así que no le molestó que le saquen las armas.

Por dentro El Negro dudaba de esa actitud violenta y eufórica pero si uno actuaba de una manera el otro debía ser pilar en el momento no cuestionar.

La Sombra palmeo el hombro izquierdo de El Mudo cuando éste pasó por el marco de la entrada. El Negro iba detrás de ambos, callado y serio.

Todo indicaba que el inicio, si bien no había sido el mejor, venía bien.

Al cruzar la segunda puerta encontraron a un tipo con la cara tajeada y varios dientes de oro. El tajo cruzaba su ceja derecha desde la parte superior hasta su mejilla dejándolo con un ojo de vidrio y sus primeros tres dientes de su parte superior estaban con prótesis doradas y muy brillantes.

Don Carlos los invitó a sentarse.

Con un movimiento de dedos le indicó a La Sombra que le dé el bolso, sacó los dos paquetes, los peso y daban poco más de dos kilos.

Empapó su dedo índice con el contenido del paquete y sonrió, le dijo a ámbos que era momento de brindar y sacó una botella de un muy rico whisky importado.

Partió un poco más y le dijo a La Sombra que se lo pase a Ariel, sin cortar, para que este arme bolsitas de doscientos pesos con solo una pequeña roca. Don Carlos sabía cómo llamar la atención de sus clientes, luego de eso la rebajaría pero la calidad daba para que aún cortada sea buena.

Jony llegó a la esquina donde veía a su tranza de confianza, la cortaba pero le había dicho que tenía una nueva para que pruebe y parecía entusiasmado.

Cuatro billetes de cien pesos le daban a Jony la garantía de divertirse varias horas, Ariel apareció, le dio dos bolsas, recibió el dinero y se fue.

Cuando Jony llegó a su casa Laura todavía no despertaba, pico la mitad de la primera bolsa y con un canuto de una vieja bombilla dejo que el polvo invada su cabeza.

Se tuvo que sentar y abrir un vino para poder bajar las revoluciones que tenía en la cabeza, puso chamamé y se puso a cantar.

Los ganadores de la tarde salieron con el dinero en el mismo bolso negro y con una buena cantidad de alegría en rocas en el bolsillo.

Snif!

Pupilas dilatadas, sangre corriendo por las venas, llenos de plata, decidieron tomar una cerveza más en el camino y salir de una vez por todas de ese barrio para dividir sus ganancias.

Al pasar por la esquina de Don Carlos y doblar oyeron un sonido que llamó su atención.

A Jony le dieron unas ganas terribles de volver a atacar a Laura.

Se metió a su cuarto y comenzó el ritual de agonía, durante una hora Laura lloró y gritó, gimió e insulto pero en el país del “no me meto” sus vecinos no la ayudarían, la policía no vendría y Cristina tardaría demasiado en volver al hogar para salvarla.

El Negro le dijo a El Mudo que se callara, había un ruido en esa cuadra que le molestaba pero no sabía de dónde venía.

Siguieron caminando hasta llegar a una casucha con una cortina como puerta, se metieron hasta entender que los ruidos eran gemidos, que luego fueron transformándose en gritos de una criatura.

Con sangre en los ojos El Negro pateó la puerta para ver a Laura con sangre en la cara y entre las piernas y a Jony tomando cocaína sobre un plato.

En menos de un segundo las grandes manos de El Negro apretaron el cuello de Jony hasta levantarlo del suelo.

Lo soltó y antes de que éste caiga lo golpeó con su mano más hábil en la cabeza.

Laura miraba atónita la escena, tenía tanto miedo que no se animaba ni a llorar.

Los empeines de El Mudo y de El Negro chocaron tantas veces contra las costillas de Jony que perdieron la cuenta de cuantas le habían quebrado. En un arrebato de rabia El Negro saca la 22 de la cintura de su compañero y vacío el cargador contra el pecho del sangrante victimario, siguió gatillando hasta que El Mudo le quitó el arma sin municiones de las manos.

La sangre hervía, ambos se miraron y supieron que hacer, buscaron un buen escondite y dejaron un sobre con dinero para Cristina y para Laura.

Comenzaron a sonar las sirenas de policía y tenían que alejarse cuanto antes, sin embargo El Negro se acercó a Laura para decirle algo:

Este mundo es injusto, pero depende de vos romper las reglas y salir adelante. Te voy a dejar plata para vos y tu mamá, cuídense.

Laura comenzó a llorar de felicidad al ver al enfermo de su padrastro bañado en sangre solo a pasos de su cama.

Cuando sus héroes abandonaron la casa decidió esconder bien el sobre y esperar en la puerta a la policía.

El Negro nunca olvidaría los ojos de amor de Laura cómo ella jamás olvidaría a su héroe anónimo.

Wasp.


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