La Piba del Subte – Capítulo X

Mes de mayo – 2012

Desperté entre resaca y el mal aliento de una noche de alcohol, con el sol en el rostro y un tambor retumbando en mis oídos.

Mi remera tenía unas cuantas manchas raras que podrían ser vómito sin necesidad de preguntarle a mi amigo que dormía en el piso porque te dejó su cama. Me desvestí y me metí a la ducha, el agua caliente comenzó a despertarme y a recordar porqué termine de ésta manera. Recuerdo a recuerdo, golpe a golpe, para definir un intenso dolor de cabeza, tenía tanto que hacer, que resolver y procesar que todo comenzó a dar vueltas.

Salí trastabillando del baño con la toalla a cuestas y me pude sentar en el patio interno de la casa. Buscaba un poco de aire puro y nubes que distraigan mi borrosa viste por el estrés.

Encendí un cigarro y le dediqué mis bocanadas de humo a ese colchón de nubes que me miraba con tristeza, insinuando un posible llanto próximo.

Volví a la casa y me vestí muy lentamente.

Puse la pava y desperté a Tincho para que me haga compañía. Era momento de hablar con él, sin alcohol, ni depresiones desmedidas de por medio.

Los amargos nos hicieron de marco para remarcar lo mejor de lo peor del día pasado.

Era difícil de procesar, pero en la última llamada que tuve con ella dí mi palabra de acompañarla sin importar la decisión que tomase y eso era lo primero que debía hacer.

Pasos a seguir:

  • Número uno: Hacerle sentir mi apoyo, no exigir.
  • Número dos: Averiguar cómo hacerlo, dónde y con quién.
  • Número tres: Perdonarla, perdonarme.
  • Número cuatro: Seguir mi vida, nuestra vida.

¿Qué tipo de vida problemática podría existir si nuestro caos se pudiese resolver simplemente frivolizando nuestras acciones en una lista mental?

Una llamada temblorosa atrapó mis tobillos mientras mi mente intentaba volar, no es necesario explicarles quién era, ni sobre qué quería hablar.

La voz ahogada por un gran esfuerzo de no llorar me decía que teníamos que ir juntos al doctor, sólo me di lugar a asentir.

Mis mejillas se sonrojaron.

Me dió lugar y fecha, y volví a asentir.

A los pocos días de lo conversado, cruzando ese ancho río que cada uno había delimitado frente al otro, llegó la fecha donde iríamos a ese turno médico.

Nunca comprendí bien el porqué fui parte de eso aquella tarde, pero ahí estuve igual.

Al llegar al consultorio entendí que estábamos asistiendo a un turno con una ecógrafa, y otra vez ese tambor golpeando a doble masa mi sien volvió a hacer su acto principal.

Transpiré cuanto me fue permitido por cada poro de mi piel, cuando nos llamaron ya mis piernas se habían aflojado lo suficiente como para ir con cuidado y, así, no caer entre una veintena de embarazadas hiper felices y maridos estresados, esquivé uno por uno, sequé mi frente y entramos.

Una chica muy risueña nos atendió junto a su gran sonrisa y nos dijo qué hacer.

El tambor se resolvió en un alud de percusión al escuchar los latidos de colibrí por esos pequeños parlantes, jamás olvidas ese sonido en tu vida, nunca.

Me quebré y salí de la sala, tomé un poco de agua me recompuse y volví a escena.

Salimos con una ecografía y con un dolor en el pecho a cuestas.

No hubo ninguna charla.

No hubo ningún abrazo.

No hubo palabra de amor, ni comprensión.

El paso número uno salía bien mientras la herida escarbaba más y más en mí.

Miré el cielo, buscando una ayuda extra que jamás pensé en buscar, aunque a decir verdad se ve que la nube a la que apuntó mi mirada estaba vacía, porque nada bueno continuó con el pasar de los días…

 

Wasp.


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