La Piba del Subte – Capítulo XIII

Mes de junio – 2012

Dicen, personas al pedo sin fundamentos, que la tercera es la vencida, y quién les escribe deseaba que fuera una ley irrefutable.

Lo que les voy a contar lo saben, a la fecha, muy pocas personas. Espero que las palabras borren algunas cicatrices profundas que quedaron en mí.

Los cuatro implicados estuvimos presentes a la hora designada, siempre nocturna, claramente no había que llamar mucho la atención.

Lu ingresó y luego de cuarenta minutos el doctor abre la puerta de su consultorio para hacerle gestos a mi suegra de que ingrese. Tanto como mi suegro y yo nos miramos sin comprender la situación.

Pasados un par de minutos, repite su accionar ingresando al que me acompañaba dejándome totalmente solo, en un lugar frío y tétrico.

Se oían llantos del otro lado de la puerta y mi cabeza no pudo pensar en otra cosa que no fuese: “La perdí, esta vez para siempre. La perdimos todos”.

Los minutos pasaban y nadie salía a darme la triste noticia, nadie me hablaba, me dejaron totalmente fuera de contexto y exploté.

Patee cada uno de los putos sillones de ese hall de mierda, hasta pasar a patearle la puerta para entrar y cagarlo a trompadas al doctor o a quien se cruzara en mi camino.

La puerta se abrió y el doctor se acercó para calmarme, tuve que contenerme para no golpearlo, su edad limitaba mi violencia.

Empecé a gritarle en la cara que quien era él para excluirme de lo que pasaba.

¿Quién sos imbécil?
¿Quién te pagó?
¿Quién está implicado directamente acá?
Hablá pelotudo!

Me encontraba en un estado de violencia natural, todo se movía rápido, no escuchaba, solo quería romper todo y llorarla en paz.

El señor me pidió tantas veces disculpas hasta que el monstruo que salió de mí se ocultó un poco.

Me dijo exactamente lo siguiente:

No puedo explicarte que es lo que pasa, científicamente no lo puedo hacer. Esa criatura tiene que nacer.”

Siguió y siguió hablando sobre cosas que no entendía, sólo capté que el desistía. No intentaría más, el proceso lo había realizado infinidad de veces y nunca se encontró con alguien que “quiera nacer”.

De pronto todo el remolino de furia se extinguió a ver esos ojos tristes que caminaban hacia mí y lloraban desconsolados.

Caminó hasta desmayarse en mis brazos, en ese momento me quebré totalmente. Pasé de ser una bestia a punto de querer matar a ser una criatura desconsolada.

Mire a los ojos a mi suegra y le rogué que no intentara nada más, que yo sería un buen padre, que cuide a su hija.

Caminó hacia mí y me dijo al oído: “Tranquilo, voy a hablar con ella. Vamos a tenerlo, confiá en mí.”

¿Alguna vez alguien los abrazó y sintieron una pesadez extraña?
¿Un frío en las venas?
¿Una desconfianza natural?
¿Sintieron que se avecinaba una traición?

¿Y pueden creer que le creí?

Pasados dos o tres días sin que Lu me hablase me llama para decirme:

Apurate con todo ya, vas a ser papá. Madurá y fíjate como hacemos”.

No puedo decir que fueron las palabras exactas, realmente, pero si algo bastante parecido a lo que dijo. Por primera vez en mi vida alguien, sin sumarle el peso de que era Lu quien lo decía, me decía “vas a ser papá”.

Sonrisas.

En cuarenta y ocho horas mis padres y yo acordamos que sacaríamos un préstamo para que pudiese terminar de pagar el auto que pagaba mes a mes. Con él trabajaría en una especie de “remiseria VIP” que mi papá me conseguía y podría, trabajando doce horas al día, darles una vida “digna” a ambos.

Fuimos mi mamá y yo al banco donde cobraba su sueldo y el trámite fue muy sencillo, la flaca que nos guiaba en el trámite me pregunto la razón de mi apuro y una gran sonrisa le respondió: ¡porque voy a ser papá!

Al momento de decidir si firmar mi mamá me dijo que no lo hagamos, que prefería esperar. Claramente me enojé y le pregunté porqué. Simplemente no confiaba en hacer eso, me dijo que lo haríamos, pero no hoy.

Dejé pasar la situación y la llame a Lu para decirle lo feliz que estaba, que todo se dio como necesitábamos.

Mati, cuando llegues a tu casa y estés tranquilo llamame” dijo y colgó el teléfono.

Un frío se apoderó de mí, apresure la marcha del auto para llevar a mi mamá al trabajo y poder llamarla.

Entré a mi casa y al poder comunicarme quedé en estado de shock.

“No lo voy a tener Mati, no quiero, no podemos darle lo que queremos y no quiero resignar mis estudios. No ahora”.

Caí al suelo con el teléfono en la mano y comenzó a dolerme el pecho de una manera preocupante, la putee como nunca y corte la llamada.

Me costó levantarme y al hacerlo el odio dentro mío salió con toda su furia.

Los muebles de casa fueron el blanco de cada puño enojado que salía de mí, mis hermanos al escuchar el caos vinieron en mi ayuda.

La cara de preocupación que tuvieron al ver a su hermano mayor destrozado, enojado y desconsolado aún me pesa en la conciencia.

Entre los dos me agarraron y tiraron al sillón hasta que el odio se hizo río de lágrimas saladas y no pude resistirme más.

El alcohol me dio un falso refugio hasta enfrentar la nueva situación que debería vivir.

 

Wasp.

 


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