Primer encuentro con la muerte.

 

El día del viaje a Chile me cayó por sorpresa.

En un pestañeo pasé de jugar a la pelota en la clase de gimnasia a estar subido a un micro de larga distancia.
Siempre me aburrí mucho en los viajes largos.
La tierra gigante que veía en la ventanilla del micro me hacía sentir más pequeño que nunca, y ese paisaje me esperaba otras 22 odiosas horas.

Papá viajaba con los ojos húmedos, se que había estado llorando en el baño a escondidas.
Aún recuerdo la primera vez que lo vi llorar a escondidas. Estaba sentado en el suelo con la espalda contra la parte inferior de su sommier de dos plazas, que para mi entonces era algo inmenso. Se veía muy pequeño apoyado en su trono de tristeza.
Al verme me miró con ojos vidriosos y sonrisa mal dibujada, mamá se apuró en alejarme de esa situación y ese día comprendí que la muerte rondaba la cama de mi abuelo.

Nunca quiso mostrarse dolido, jugaba a La Vida es Bella con la pronta muerte de mi abuelo, pero yo no quería jugar.

Bajamos en la aduana, a horas de ver a mis abuelos que tanto extrañaba.

Hacía frío, mucho frío.
Mis orejas y cachetes combinaban perfectamente con el rojo de mi campera de puños apretados.
Esa tarde conocí la nieve por primera vez en mi vida, el frío en los dedos y una pelota de nieve en la espalda de papá me robaron una sonrisa tibia que duró algunos kilómetros de viaje.

El taxista odiaba nuestro acento, nada indicaba que eramos de ése país y como siempre hay idiotas en ambos bandos no quiso tratarnos muy bien.
Mi papá le puso los puntos y el enojo por un momento alivio el ardor en la boca del estómago que nos venía castigando hacía varias horas.

Nos dejó en una calle de tierra que lindaba con el edificio de mi familia.

No recordaba la fealdad de aquel barrio. La tierra abundaba por todos lados.
Recuerdo que apenas toque el suelo mi atención se puso en la cantidad de huellas. Pensé en quienes eran esos caminantes, ¿cuántos serían y a dónde irían?
Habían bolsas de basura de algunos días pasados.
Y el cielo, el cielo estaba gris. Algunas nubes negras amenazaban con mojarnos si no entrabamos ya.

La puerta la abrió un hombre de cabello grisáceo al cual le costaba caminar, el héroe que alguna vez fue estaba escondido en esos ojos verdes profundos que me miraban con amor y ternura.

Los días se agotaban, el aire lo sabía y nuestras miradas también.

Una tarde de merienda los labios del nene hablador decidieron callar y observar.

Al girar la cabeza vi a la muerte sentada a mi lado.

Me guiñó un ojo y me susurró que ésto me haría crecer, que así era todo.

Cerré los ojos y los dientes con bronca y esperé a que el sol se ponga mientras su mano helada acariciaba la mía.

 

Wasp.


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