La Piba del Subte – Capítulo XV

Mes de julio – 2012

Hasta este día no le había encontrado fealdad alguna al Parque Rivadavia.

Siempre me gustaron desde sus escalones interminables en día de cansancio hasta esas viejas mesas de ajedrez donde años después jugase con Robert por la tarde.

En los tiempos donde la gente parecía sonreír más seguido me sentaba a ver a los nenes jugar en la pequeña laguna que escondía ese hermoso parque.

Hoy todo es diferente, sucio, polvoriento.

Los mates que alguna vez fueron cebados entre sonrisas hoy son reemplazados por algunas cervezas tibias del supermercado de enfrente.

Miro el cielo, puto reflejo de la soledad. No hay ninguna nube que me acompañe, todo brilla tanto que incita al mal humor. Hay días donde una tormenta viene muy bien para expulsar los demonios internos.

Té para tres en mis auriculares, marco idóneo para que todo te parezca peor de lo que es.

¿Podía pasarme algo peor que tener a quien tanto querés tirada en una cama llorando rodeada de gente perversa?
¿Comenzaría a ser un pibe miedoso de la vida?
¿Me costaría querer más adelante?
¿Cuándo superaré éste dolor para poder algún día escribirlo y contarles a los demás parte de lo que he vivido?

Ninguna respuesta en pie.

Siento un vacío en la boca del estómago, como si una parte mía hubiese sido arrancada sin anestesia, algún órgano no vital claramente, pero de esos que te caga el estilo de vida para siempre.

El hígado parece estar también disgustado con todo lo que pasa. No deja de latir. Se contrae para expandirse en un nuevo dolor.

Bancatela como yo, problema tuyo” pensé y abrí una cerveza más.

El teléfono suena, seguramente es mamá.
Se que no esta pasando una situación feliz, sus ojos vienen demostrando hace ya varios días que algo en mí no estaba bien. La preocupación se ve a la legua en una madre. Pero no estoy para atender. Ya la llamaré.

¿Es necesaria la exposición del dolor más crudo frente a quienes te aman?

El alcohol se termina y el sol se despide poco a poco para humedecerme en oscuridad.
El atardecer me roba una lagrima, seguía pareciendo igual de injusto como al principio.

Al estar casi dos meses intentando realizar el acto imaginé que al momento de finalización, si bien hubieron cosas intermedias graves, sentiría alguna especie de alivio. Algún matiz de descanso. Pero no me esta pasando eso.

Lo poco que había leído sobre duelos me daba a entender que el camino se iba a poner muy rocoso, y que el caminar iba a ser más cansador que antes.

¿Qué más podía hacer que caminar y tomar otra cerveza más, escuchar Soda y tratar de olvidar?

Camino por horas, haciendo la parada en los boxes del alcohol cuando había que recargar combustible.

El teléfono marcan las 20 y el tambalear se hace rutina.
Las paredes que me rodean me hacen de muletas para poder seguir moviéndome.

Freno un segundo para ver mi teléfono lleno de llamadas perdidas y de sms. Todas eran de la misma índole, al parecer más de una persona se preocupaba por mi y temían que algo malo me pase.

¿Me habrán pensado como un suicida?

Doy alguna señal de vida para calmar ciertas angustias ajenas, decido terminar mi viaje.

Hola Tincho, ¿puedo ir?”

Obvio bola, acá te espero.” dijo la voz de mi amigo detrás del celular.

Compro algo de cerveza para el camino.

Un abrazo me conduce a una cama, todo gira.

Dormiré hasta bien entrada la mañana, deseando que mi hígado no me rompa las pelotas, que el teléfono deje de sonar y empezar a pensar que hacer para salir de todo esto.

 

Wasp.


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Encontrá todo acá: Memorias de un Pibe de Barrio

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