La piba del subte – Capítulo XXII

Mes de julio – 2013

En pocos días ella cumplirá veintiún años al unísono del aniversario del dolor, medito mientras camino mis queridas calles del barrio Caballito.
Me genera mucha bronca y lástima la situación.
Ser consciente de que en su cumpleaños, sea el número que sea, va a recordar esa noche cuando tomo esa decisión que la marcó tanto.
Y lo peor es no poder hacer nada para cambiar ese mal recuerdo latente.

A principios de abril el destino nos volvió a juntar, esas cosas de la vida que tal vez no deberían pasar, pero pasan.
Ya empezando a dudar del destino y creyendo que tal vez teníamos algo mal nosotros, que tal vez el destino era separarse.
Aún así lo quisimos volver a intentar.

Las miradas gastadas se renovaron al encontrarse.
Cada reencuentro renovaba esos destellos de matices brillantes,  esos reflejos de un pasado bello que cada vez queda más ajena a nuestra realidad.
La realidad seguía siendo la misma, ella una piba triste y deprimida por una decisión tomada hace tiempo atrás, yo un drogadicto intentando hacer pie en un mundo que me era más pesado del que podía sostener.

Si bien nada se modificó en el tiempo que estuvimos alejados, teníamos una tonta y ciega esperanza en el otro. Como siempre.

Aquellos fueron meses raros, no es que sepa lo que es normalidad en mi vida, pero fueron extraños.
Las caricias se renovaron bajo caminatas con atardeceres nublados y árboles de color naranja crujiente.
Necesitábamos urgente un empujón de cariño para salir del pozo en el que nos habíamos metido.
Por suerte mi familia, sin pedido de nadie, tomó las riendas y nos volvió a dar todo su apoyo.

Si bien mi mamá sintió el puñal por la espalda por los tratos de mis supuestos “suegros”, lloró a escondidas por el dolor de su hijo y fue mi pilar; supo aguantarlo.
Nunca estuvo a favor de la decisión tomada, pero fue una gran acompañante para Lu y para mí.
Mi papá tomó una parcialidad un tanto extraña para mí, pero al correr los días lo acepté y valoré. Él decía que la decisión de ella era la que contaba y que debía aceptar o no, pero ser firme.
Ahora que lo pienso mejor es algo muy parecido a lo que me dijo Tincho poco más de un año atrás mientras secaba mis ojos y bebía más de la cuenta. Aquella noche cuando fue tomada la primer y última decisión.
Mis hermanos eran chicos, pero entendían todo.
Notaron desde la disminución de mis sonrisas hasta la ausencia de Lu en mi rutina. Estuvieron, como se puede acompañar a su edad, pero estuvieron siempre.
De ajenos a mi familia puedo contar algunos fieles al vinculo que considero más importante en la vida, la amistad. Pilares firmes para no dejarme caer, consejos de corazón y abrazos de aliento.
Otros simplemente me dijeron que no les parecía importante, verbalmente o con gestos de desinterés. Muchos de ellos salieron de mi radar en dicho momento y no creo que vuelvan a entrar en mi mapa de interés humano.

Junto al cariño de quienes nos aman de a poco intentamos alejar toda esa bronca y tristeza que acarreamos hace un tiempo, hasta que Julio llegó.

Con mi familia intenté organizar un cumpleaños sorpresa, la idea era alejarla un poco de tanta mierda, de su familia y ese entorno tóxico en el que se crió.
Nada de eso fue posible, simplemente pude salir con ella una noche de alcohol y ver lágrimas en sus ojos.

-Disculpáme pero esa cara de odio deberías sacarla de una vez por todas, dije con la mirada seria y la voz firme.
-Es mi cara no me jodas, si no te gusta andate.
-Dale flaca, basta de ésto. No quiero irme a ningún lado, vos tomaste hace un tiempo una decisión y lo quedó es lo que sos y soy. Aceptalo.

Las lágrimas depositadas en sus ojos salpican mi remera en un pestañeo lleno de bronca.

-Ya se pelotudo, ya se que es mi culpa esto. Dejame en paz.

Dice mientras aprieta sus dientes.

-Andate, volvé a tu casa, no quiero que duermas conmigo.

Sus palabras suenan tan contundentes que mi cuerpo entiende de inmediato la acción a tomar.
Sin mediar palabra enfilo hacia la Avenida 9 de Julio.
Tengo casi cuarenta cuadras para caminar mirando el cielo de pocas estrellas que cubre a Capital Federal, tengo buen rato para meditar, pensar en que quiero y que necesito.

Principalmente quiero caminar y pensar en una sola cosa:  si ella es lo que necesito, o no.

Wasp.


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Encontrá todo acá: Memorias de un Pibe de Barrio

 

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